“CUBA EN VOZ Y CANTO DE MUJER”, ¿QUÉ ENCONTRARÁ EN LA PRIMERA PARTE DEL LIBRO?


ÍNDICE
PRIMERA PARTE
CUBA, EN VOZ Y CANTO DE MUJER

*ÉRASE LA MÚSICA EN VOCES DE MUJERES. Panorámica del Siglo XX
Y desde la isla, testimonian Esther, Celina, Merceditas y Elena
Merceditas, la Pequeña Aché
Celina, la voz del punto cubano
La Burke, voz del sentimiento
Para bailar, algunas voces
Y más mujeres hicieron bailar…
De los 50 a los 60, más y más voces femeninas
Miriam Ramos, 50 años de amor a la música
En algunas noches de bohemia…
¿Y el jazz cubano?
Gloria Estefan, la Reina del pop latino
Cancioneras en tiempos de festivales y concursos
En otras orillas, más cubanas
Aymée, siempre más para la música
Malena, una posición bien ganada
Xiomara Laugart y su perenne sonrisa
Y cantan desde Europa, Lucrecia, Paz Luaces y Yacqueline Castellanos
De vuelta en Cuba, con Raquel, Osdalgia e Ivette
Como dato curioso, repasando nombres…
Referencias sonoras y/o visuales
Bibliografía del capítulo

*MÁS ALLÁ DE MIL FRONTERAS. La obra de Celia Cruz, La Lupe, Olga Guillot y Omara Portuondo
Celia Cruz, la cubana más universal
La Lupe, esa inmortal Reina del soul latino
Olga Guillot, la apasionada voz del bolero
Omara Portuondo, de Cuba para el mundo
Referencias sonoras y/o visuales
Bibliografía del capítulo

*DETRÁS DE LA GUITARRA, LA VOZ. Desde María Teresa Vera a Sara González
María Teresa Vera, la pionera
Dúos, tríos y más
Más de la tradición trovadoresca
Marta Valdés en sus palabras
Teresita Fernández, juglar del amor
Sara González, la voz primigenia de la Nueva Trova
Marta Campos, o el don de la sonrisa
Lázara Ribadavia, la filósofa cantautora
Entre las trovadoras y las guitarras
Referencias sonoras y/o visuales
Bibliografía del capítulo

*VEDETTES CUBANAS, UNA ESTIRPE ESPECIAL Desde Rita Montaner a Espiridiona Cenda
Rita Montaner, nacida con el Siglo XX
Amalia Aguilar o la “Bomba atómica”
María de los Ángeles Santana
Candita Batista Batista
María Antonieta Pons, “El Ciclón del Caribe”
Rosa Carmina, “Su Majestad, la rumba”
Ninón Sevilla, la “Venus dorada”
Rosita Fornés, la Vedette de América
Juana Bacallao, “Juana La Cubana”
Una vedette de novela: Espiridona Cenda, “Chiquita”
Y hay más vedettes por el mundo…
Referencias sonoras y/o visuales
Bibliografía del capítulo

*LAS VOCES MÁS ACTUALES. Más de lo nuevo
Referencias sonoras y/o visuales
Bibliografía del capítulo

OPINIÓN DE GASPAR MARRERO, SOBRE “Y TODO POR AMOR A LA MÚSICA CUBANA”/7 de septiembre 2020


Admiro sinceramente tu rara habilidad -lo digo dentro del contexto actual en Cuba- para concebir, dentro de un cuestionario general, preguntas dirigidas a extraer la savia a cada entrevistado. Gracias a eso, descubres para el lector la personalidad de cada uno y sus respectivas posiciones acerca de asuntos muy polémicos. Tanto así, que casi no hay coincidencias, incluso en la misma interrogante. Prueba de que el amor a la música cubana se profesa de muy disímiles maneras.

Reunidas las respuestas de los casi treinta escogidos, uno puede imaginar cuánto pudiera lograrse si nos diera por unir fuerzas, un tanto dispersas, para colocar donde siempre estuvo a esta, la más importante manifestación cultural de Cuba. Y no lo digo yo: es la expresión de uno de los escogidos para este singular diálogo.

Un aparte, solo para consumo interno, ¿eh? Esta fortaleza de veintisiete entusiastas, empíricos, intuitivos, como se nos quiera llamar -somos más, te lo aseguro, daría para una segunda temporada- puede llegar a estremecer los cimientos teóricos de los musicólogos de academia,  quienes, a decir verdad, nunca lograrán el conocimiento total de la música cubana si no la sienten en sangre como nosotros, capaces de dedicar horas y horas y horas a escuchar y reescuchar los mismos discos para, cada vez, descubrir un detalle, otro y otro más que, en no pocas veces, refutan supuestas verdades de Perogrullo que todavía, a falta de la actualización imprescindible, se repiten una y otra vez.

Sinceramente, te felicito de todo corazón. Este libro es grande, de veras. Lo afirmo con conocimiento de causa: yo también recorté tus entrevistas en RyC. Y sé bien de tu profesionalidad y tu dedicación por nuestros músicos.

¿Y quién de nosotros tendrá el honor de entrevistarte? Tu obra te hace acreedora también de militar en este ejército de enamorados de eso que nos hace vibrar con los ritmos y melodías que por mucho tiempo confirmaron el sonido nuestro de cada día.

PALABRAS DE DULCILA CAÑIZARES SOBRE “Y TODO POR LA MÚSICA CUBANA”


Mayra A. Martínez, con la inteligencia, lucidez y el discernimiento que la caracterizan, ha logrado abarcar un abanico de investigadores, escritores, promotores y amantes de la música de nuestra isla, entre los que se encuentran uno de México, uno de España, seis de Colombia y diecinueve de Cuba.

Son criterios a veces disímiles y otros concuerdan, que exponen manifestaciones importantes de otros ambientes, diferentes países y distintas preferencias musicales.

Es innegable que la investigadora, escritora, entrevistadora y fotógrafa Mayra A. Martínez nos ofrece una obra de largo camino, admirable y esplendente, que siempre agradecerá el lector de cualquier recodo del universo.

Hablando de libros…y de música. Por Mario A. García Romero, nota escrita desde Miami


Hace pocos días tuve la dicha de recibir como regalo uno de los mejores obsequios que se agradece, un interesante libro de la mano de un Maestro en la investigación de nuestra música como Cristóbal Díaz Ayala. Su título: “Y TODO POR AMOR A LA MÚSICA CUBANA”. La autora: Mayra Á.Martínez, cubana radicada en México D.F. desde 1991, es una destacada periodista, fotógrafa; reconocida en eventos internacionales de varios países como México, España, E.E.U.U., Brasil, Italia y muchos más. Investigadora que ha publicado múltiples artículos en varios medios de su patria Cuba, quien tiene a su haber importantes incursiones investigativas en la historia musical de Cuba: Cubanos en la música 1993-2016, Cuba en voz y canto de mujer 2015, y el libro biográfico: Sara González, con apuros y paciencia 2013-2018. Hoy, nos ofrece una nueva obra llena del criterio de 27 investigadores, musicógrafos, escritores, poetas y un selecto grupo de personas de varios países, que en común tienen la pasión por la más grande representación de la cultura cubana: su imitada y, a veces distorsionada historia de sus ritmos, al extremo de perder sus originales nombres como géneros musicales, léase salsa, música tropical, música caribeña, etc. (1)

Los entrevistados estuvieron dispuestos, cada uno, a dar su criterio personal sobre toda la problemática que ha padecido Cuba en más de 60 años; con a veces distorsionadas realidades, como llamar bloqueo a un embargo económico o viceversa, de acuerdo al prisma personal. Con preguntas muy inteligentes, Mayra ha tratado de dar una panorámica de todo el extenso mundo de la música cubana y de datos muy importantes de los entrevistados, cómo desde dónde nacieron, cuándo y porqué comenzaron sus respectivas carreras como músicos y/o investigadores o melómanos empedernidos. Nombrarlos a todos, me parece no tan necesario, cuando la idea es exhortar a los interesados en este tema, a leer el libro y disfrutar las respectivas entrevistas, entre tantos a Leonardo Acosta, Cristóbal Díaz Ayala, Jairo Grijalva Ruiz, César Pagano, Rodolfo de la Fuente Escalona, Sigfredo Ariel (recientemente fallecido) Rosa Marquetti Torres, Juan Gaspar Marrero, Radamés Giro, hasta llegar a 27 entrevistados, que repito, consideran la vital importancia de Cuba y su música y también parte de su historia.

Para terminar esta simple crónica de la mano de un lector, cabe destacar la importante y extensa bibliografía que usó la autora para concebir esta joya literaria-musical, que es tan enjundiosa como las mismas entrevistas, donde se puede observar cuanto leyó para enriquecer el mismo. De la música grandiosa de Cuba queda muchísimo por conocer y saber, quedan muchas antológicas figuras y cultores por biografiar, esperemos, ¿qué próxima sorpresa nos brindará Mayra?

“Y TODO POR AMOR A LA MÚSICA CUBANA” POR MAYRA A. MARTÍNEZ


La vida, obra y reflexiones de 27 musicógrafos, de cuatro países, sobre la historia, conservación y difusión de nuestras sonoridades a través del mundo</

Mayra A. Martínez (Mayra Rosa Álvarez Martínez). Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana.
Durante quince años trabajó en la revista Revolución y Cultura, en Cuba, atendiendo la esfera de la música, labor que le permitió profundizar en esta manifestación artística. Tiene publicados los libros Cubanos en la música (Letras Cubanas, 1993 y UNIÓN, 2016) y Cuba en voz y canto de mujer (E.E.U.U, 2015 y Editorial Oriente, 2018). Además, tuvo a su cargo la compilación del libro biográfico Sara González, con apuros y paciencia(Ediciones Bagua, 2013 y UNIÓN, 2018). Desde 1991 se estableció en México, DF, y durante años trabajó como editora, correctora de estilo, redactora, fotógrafa o reportera en diversas revistas, así como asesora en varias publicaciones y agencias de prensa.
Cuenta con el blog http://www.mayraamartinezcubanmusicbooks.wordpress, donde promociona lo más destacado de las sonoridades de la mayor de las Antillas.
Tiene también una notoria trayectoria en el ámbito fotográfico, y en 1985 recibió el Grand Prix del Concurso Fotográfico Internacional convocado por Polonia para celebrar el Festival de la Juventud a escala mundial. Y
al siguiente año ganó la Medalla de Bronce en el XXII Salón Internacional de Zagreb, Yugoslavia. Además, recibió premios en la URSS y Cuba, donde montó exposiciones personales, así como en Canadá, México y Ecuador,
y participó en muestras colectivas en España, Italia, URSS, México, Francia, Estados Unidos, Vietnam, India, Kampuchea, Laos, Mongolia, Brasil, Pakistán, Cuba y otros países. Según consta en la historiografía al respecto fue la fotógrafa más galardonada en la década 80/90 en su país natal. Así mismo, fue subdirectora de la revista FotoTécnica, donde desarrolló una amplia labor de investigación sobre el tema y, en paralelo, dirigió el Grupo de Fotógrafos de la Brigada Hermanos Saíz.
Así mismo, en los años ochenta, paralela a su labor periodística, fue representante publicitaria y manager de varias agrupaciones, como Sierra Maestra, Adalberto Álvarez y su Son, y la cantante Mayra Caridad Valdés.
Su actual proyecto reúne las historias de abogados, periodistas, teatrólogos, maestros desde kindergarten a universidad, sociólogos, antropólogos, químicos, ingenieros, filósofos, instructores de arte, filólogos, poetas,
matemáticos o directivos de empresas, todos unidos por una pasión común, dar “todo por amor a la música cubana”, frase de portada de este volumen. Por supuesto, a través de la historia y a escala global han dedicado
sus mejores y desinteresados esfuerzos en promover, conservar y valorar estas sonoridades, por lo que al cierre de las 27 entrevistas, expongo una amplia bibliografía al respecto, en el afán de mostrar, en alguna medida, la
historiografía incalculable sobre la música cubana.

NUEVO LIBRO “Y TODO POR AMOR A LA MÚSICA CUBANA”


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¿Y en el jazz cubano?


Quien lea el bien documentado libro Un siglo de jazz en Cuba, del músico y excepcional periodista Leonardo Acosta, -a quien confieso una enorme admiración por su vida dedicada a la historia sonora nacional, a partir de su profundo conocimiento por la riqueza de sus vivencias e investigación-, comprenderá pronto que ese género en la isla apenas ha contado con la presencia de mujeres, pocas cantantes e incluso instrumentistas. Ya hemos citado a algunas en las jazz-band de corte femenino, o a Graciela con los AfroCubans, en New York, u otras como Olga Guillot que a mediados de los 50 grabó con la Orquesta de los Hermanos Castro, un disco con dos números en ese formato para el sello Puchito, y fueron hits.
En ese volumen se cita la presencia de la famosa intérprete norteamericana Sarah Vaughan, “quien estaba actuando en Sans Souci” en una descarga en el club Las Vegas, igualmente a mediados de aquella década, -los 50- “a la que asistieron sus músicos y la mayoría de los jazzistas cubanos, incluyendo a Bebo Valdés, Guillermo Barreto y el Negro Vivar, que no eran habituales a las descargas de Las Vegas, así como integrantes del feeling como Elena Burke, José Antonio Méndez y Omara Portuondo”. Y resulta interesante ese dato, pues ambas cubanas siempre se involucraron en ese género, aunque fuera ocasionalmente. Sin embargo, afirma Acosta en otro capítulo que la versátil Maggie Prior fue la única cantante, además de Delia Bravo, que se mantuvo durante más de 30 años dedicada al jazz. Aunque añade más adelante que por las sesiones del Club Cubano de Jazz desfilaron Elena, Omara, Ela Calvo o Las Capellas, Marta y Daisy.
Y es una pena que en ninguno de los libros de música cubana aparezcan datos biográficos de la Prior, como si décadas de trabajo en el jazz se hubieran esfumado con el tiempo, y tampoco de la citada Bravo. Y eso, no obstante que Prior por bastante tiempo tuvo presencia activa entre otros clubes en el Gato Tuerto, en las Descargas del Capri o en La Gruta, al igual que en los Lunes del Salón Rojo, con el Free American Jazz, y en 1962 con el cuarteto de Meme Solís, Juana Bacallao y Dandy Crawford, estelarizando el show La Caperucita se divierte, del Capri. Tal vez en el archivo del Museo de la Música, buscando a fondo, se encuentren datos personales y esa ausencia podría ser una labor interesante para noveles musicógrafos, aunque por fortuna recién encontré una excepcional y, sobre todo, sentida investigación sobre la vida y obra la intérprete en el blog de Rosa Marquetti, -Bewitched. Buscando a Maggie Prior- sin dudas la única en profundizar sobre el tema, y de imprescindible lectura, la cual recomendamos. Y volviendo a lo escrito por Acosta, en su libro apunta que en el Festival Jazz Plaza de 1988 se “dedicó un amplio espacio a los cantantes, que salvo raras excepciones habían brillado por su ausencia en el jazz cubano de las últimas décadas. Estuvieron presentes dos de esas excepciones: Bobby Carcassés y Maggie Prior, así como Mayra Caridad Valdés -hermana de Chucho-, Beatriz Márquez, Argelia Fragoso y los grupos vocales Eco y Vocal Juventud”. Y otra mujer destacable, que respaldó a muchos cantantes de jazz y cualquier género, fue la recién fallecida en la plenitud de su carrera, Lucía Huergo, multifacética instrumentista y arreglista de inigualable talento.
Y, sin dudas, la sorpresa jazzística de los 80 fue Mayra Caridad, heredera del talento de los Valdés, aunque su debut no estuvo relacionado con la agrupación de su hermano, quien la incorporó a esta bastantes años después de concursar como cualquier aficionada en el programa televisivo Todo el mundo canta, desconcertar al jurado con su enorme voz que recorría todos los registros, con una interpretación jazzística capaz de emular a una Ella Fitzgerald, a quien admiraba y cuyos clásicos conocía bien, y por supuesto no ganar un primer lugar, quizá acorde con ese criterio de que lo inusual asusta a menudo. Por lógica, para el público promedio, acostumbrado a melodistas y colectivos bailables en aquella competencia, esa morena fornida, con un alcance vocal tan impresionante resultaba hasta raro. Según me contó en entrevista para RyC, su primera actuación de importancia luego del concurso se dio en el Show de Harry Belafonte, celebrado en 1980 en el Teatro Carlos Marx, y uno de los jurados del citado certamen de TV, la experimentada María Álvarez Ríos, explicó en ese texto que Mayra: “juega con las frases, rubatea, sin perder la justa medida. Muchos intérpretes lo intentan, pero se pierden. Es lo que llamamos descuadrarse. Paradójicamente, en la música ser cuadrado es una enorme virtud”. Y agregaba que, entre las virtudes interpretativas estaba su firme entonación, su timbre de gran riqueza, capaz de dibujar con un trazo sonoro delgadísimo y de resonar con una amplitud sorprendente y el ritmo magnífico.
Por mi parte, disfruté de una experiencia personal con ella, pues a fines de los 80, mientras yo era representante del grupo tradicional Sierra Maestra, nos coordinaron unas presentaciones en Curazao, esa paradisiaca isla en el Caribe, y dada la amistad cimentada desde algún tiempo con mi tocaya cantante, que por entonces no tenía ni músicos acompañantes y actuaba en ocasiones respaldada por alguna orquesta de la televisión, en festivales nacionales o en el extranjero de ese modo, se nos ocurrió invitarla a actuar con el grupo, y el resultado fue increíble, escucharla junto con ese extraordinario sonero, de pequeña estatura, pero voz prodigiosa, José Antonio Rodríguez, entonando boleros, canciones, guarachas, todo un repertorio popular de honda raíz, como si siempre lo hubieran hecho en conjunto. Lástima que en aquellos tiempos no andábamos con un celular capaz de captar videos, y las cámaras para esa función escaseaban, pues hubiéramos guardado estas inusuales vivencias para el futuro. Pero, Mayra Caridad patentizó en aquella oportunidad su tremendo potencial como intérprete de cualquier género, no sólo el jazz.
Finalmente, a partir de 1994 entró como integrante de Irakere, con quienes viajó a México, y la vimos una noche desbordándose en el escenario, cubriendo desde el jazz más auténtico hasta composiciones de la mayor cubanía. Y de ahí en adelante ha seguido una ruta imparable de éxitos a escala mundial. Por supuesto, Mayra – “Cachita” para sus amigos-, contaba con una sólida formación musical, y aunque apenas creció cerca de su padre, el relevante pianista Bebo Valdés, -quien se marchó de la isla en 1960-, en su modesta casa del barrio periférico de Santa Amalia siempre hubo un ambiente sonoro impulsado por su madre, Pilar Rodríguez, junto a sus hijos, estudiosos de diversos instrumentos.
En la citada entrevista publicada como “Jazzear con Mayra Caridad” comentó sobre su infancia e inicios: “El piano me gustaba, pero no para ser concertista. Tenía tanta facilidad para memorizar las lecciones de piano, que se convertía en un problema. Hoy tocaba la pieza y no me preocupaba por aprenderme la partitura. Pues mañana lo repetía de oído. No obstante, sentía limitaciones para expresar mis ideas en el piano. Con el ejemplo de Chucho me bastaba para saber valorar a un buen pianista. El canto era otra cosa. Innovaba con la melodía, me dejaba llevar por la imaginación. Por supuesto, en los coros del barrio o si entonaba esa melodía con alguien me peleaban: ´estás cambiando el ritmo…´ Era verdad y gozaba con esto. Me aprendía las canciones de moda, pero mi timidez se imponía a las ganas de cantar en público (…) Mi madre dice que nací músico. Más bien, crecí en la música. En la casa oían de todo, sin deslindar los géneros. Claro, eran amantes del feeling y todos saben la relación entre sus creadores e intérpretes y el jazz. Oía a cualquier hora a Charlie Parker, a Stan Kenton, a Oscar Peterson, a Los Beatles, tanto como aBenny Moré, Frank Emilio, Ñico Rojas o Portillo. Oía las prácticas de Chucho en el piano, desde Mozart a Dave Brubeck (…)” Más adelante, comentó sobre sus estudios en la Escuela de Instructores de Arte: “No tenía ni la más remota idea de qué era la dirección coral. Por mi gusto hacia la música busqué la forma de mantenerme vinculada a su estudio y como no pude matricular en la ENA por la edad, acepté la otra opción. Y no niego lo útil que me resultó este aprendizaje. Con la dirección coral, el cantante ejercita una vista de águila sobre la partitura. No olvides que son cuatro voces a dirigir con dos manos. Como soy contralto, con extensión a soprano, pasando por mezzo, María Felicia, que era mi profesora de canto, me hacía estudiar las tres voces y eso me favoreció mucho como entrenamiento y, de esa forma, suplía cualquier ausencia en el coro. A veces, ella paraba el ensayo y molesta decía: ´por favor, Mayra, esto no es una samba´. Todo por culpa de mi tendencia a la improvisación. Por suerte en cualquier tesitura tengo potencia y puedo ir de los graves a los agudos sin dificultad.”
Sin embargo, a pesar de la extraordinaria voz, de trabajar junto a Irakere bajo la batuta genial de su hermano, la denominada “Dama del jazz” no ha sido de las figuras más promocionadas en los medios nacionales, pasando más tiempo actuando en el extranjero, donde en muchos lugares la consideran una verdadera diva, grabando pocos discos, el primero conocido como La diosa del mar, hasta el 2002, y el siguiente titulado Obatalá, estoy aquí, que obtuvo nominaciones en el Cubadisco 2008, en las categorías de Fusión y Mejor artista vocal instrumental. Según informes recientes, en la actualidad integra el proyecto Akokan Iré, y actúa con el cuarteto, ambos liderados por Chucho Valdés.
Y entre las escasas cantantes que han incursionado en el jazz, además de otros géneros, sobre todo bailables, están Mireya Escalante, quien trabajó en sus inicios con Los Barba y Los Dada, para armar con su compañero de vida, el drummista Mario “Mayito” del Monte la banda Latin Street, y radicarse en Canadá a partir de 1998. También ha destacado la pianista y cantante habanera Lilia Expósito Pino, “Bellita”, quien en 1994 creó el dúo Jazztumbatá y tres años después grabó con ese nombre su primer CD para una disquera estadounidense, Round World Music, realizando una gira por ese país. Se dice que es una “mujer orquesta”, con un estilo interpretativo muy especial, lo cual la ha colocado en una reconocida posición entre los amantes del jazz internacional.

SIGUEN CAPÍTULOS DE “CUBA EN VOZ Y CANTO DE MUJER”


Y en algunas de las noches de bohemia…

De aquellas cantantes aún recuerdo la impresión sentida ante una mujer cuyo rostro enmarcado por el cabello oscuro parecía más pálido, algo misterioso, como si gimiera, con esa expresividad en la mirada penetrante, con esas manos sobresaliendo de un vestuario totalmente negro, y ella gesticulando melodramática mientras arrastraba con énfasis la letra de una balada que llegaba muy hondo: Abrázame fuerte, y era Martha Strada, una mezzosoprano que no se parecía a nadie, o por lo menos a ninguna de las otras intérpretes en boga por la isla, cimentando un estilo sumamente personal, aunque obviamente influida por los baladistas europeos o americanos, algunos de cuyos hits renovó en sus originales montajes, como la versión de esa pieza antes popularizada en 1965 por Ornella Vanoni, además de estrenos nacionales.
Mi juventud de entonces, colmada de música donde se enaltecía el contenido social, de trova y ritmos autóctonos latinoamericanos, no me impidió la inmediata fascinación por aquella intérprete tan inusual, con otros aires, como salida de una película neorrealista italiana, lo cual tal vez se reflejaba en su seudónimo, ¿tomado del filme La Strada, de 1954, de Federico Fellini, y como a ella le gustaba identificarse? Porque su verdadero nombre fue Marta Oliva Garrandés Concepción, y había sido alumna de canto de la exigente profesora Mariana de Gonich, quien no admitía a mediocres, y también había cursado arte dramático, así que su proyección escénica, sin dudas, era fruto de un estudiado proyecto, no sólo de la espontaneidad volcada en sus actuaciones.
En una entrevista de El Nuevo Herald publicada en 2001, uno de los escasos testimonios en voz propia que hallamos, la cantante dijo: “Yo entré en el mundo del espectáculo sin proponérmelo. Estudiaba canto con Mariana de Gonich y actuación con Antonia Rey y Andrés Castro por vocación, sin esperar nada, sólo porque me gustaba… Me seleccionaron entre todos los alumnos para aparecer en TV cantando Prisionero… Yo estaba casada con un gran hombre, Raúl Miranda -hermano del famoso deportista Willy Miranda y del legendario periodista Fausto Miranda- y tenía dos niños pequeños. Decía ‘yo no puedo dedicarme a cantar’, imagínate… Y me di a la tarea de buscar canciones extrañas, diferentes… Mariana, mi maestra rusa, me decía que no, que así no se podía cantar. Yo le decía que así es como yo lo siento y no lo puedo hacer de otra forma. Me dejó por incorregible…”
Martha debutó en TV en 1961 y actuó en los Martes del Capri desde 1962, donde compartió las descargas con Los Bucaneros y Orlando Charles. Además, en ese año fue la “Cancionera más destacada” según los cronistas, y recorrió con su talento el Cabaret Caribe, el Salón Rojo, el Karachi, o el Copa Room con el show especial Ellas sin ellos, de nuevo con Los Bucaneros, que le valió colocarse entre lo mejor de los cabarets en 1963, y al cual en el próximo año se les unió Lino Borges y Lourdes Gil, y en ese lugar se mantuvo exitosa durante una buena temporada, así como en 1965 en el Festival de Estrellas celebrado en el teatro Amadeo Roldán, donde estrenó La Mamma y compartió con figuras como Celeste Mendoza, Felo Bergaza y Elena Burke, o al siguiente año cuando destacó en el Copa Room, en el show “Después de la medianoche”, con Los Bucaneros y Jorge Pais, e incluso se dice que en 1971 participó en Los romanos eran así, una producción de Tropicana, y logró algunas presentaciones fortuitas en el país en los 80.
Pero su inconformidad con los cánones establecidos por la estructura cultural y social la fue apartando de los escenarios, silenciando su voz en los medios de difusión, y como ella misma afirmó en uno de sus hits la vida se le volvió una tómbola, pero a diferencia del texto original, ella perdió su suerte, cayó en el ostracismo, se difuminó de las noches bohemias y se perdió el disfrute de su canto para sus admiradores, aunque quedaron grabados, por suerte, algunos números como Viento, Días como hoy, Venecia, La Mamma o Viejo roble. Finalmente, la bien denominada “primera baladista de Cuba” tomó el camino al exilio en 1992, algunos señalan que hacia España, otros que a Miami, para reunirse con un hijo, ya con las secuelas de un accidente sufrido tiempo atrás en la isla, y no obstante cuentan en crónicas que se presentó ocasionalmente cantando y desgranando su faceta de declamadora, con un repertorio de poemas de los españoles Rafael Alberti, García Lorca, Antonio Machado y el peruano César Vallejo. También, que ofreció un memorable concierto en 1996 en Miami, donde falleció en 2005 a los 78 años.
Otra figura cuyo deceso prematuro sorprendió, en la plenitud de su carrera, fue el de la tremendamente creativa Soledad Delgado, quien conseguía una fusión mágica, en su relación con el piano, en unas descargas memorables en clubes o pequeñas salas, donde la interacción con el público se daba con una fluidez impresionante. Ella fue uno de los iconos de la bohemia habanera, ya en los 80 cuando desplegó al máximo sus capacidades como cantante y animadora en esencia. Con antelación, muy joven, desde fines de los 50 trabajó como pianista de la Orquesta del Cabaret del Hotel Internacional de Varadero y en el Copa del Hotel Habana Riviera, graduada ya de piano y de dirección orquestal en conservatorios de música, como el Perellade, Orbón y Alejandro García Caturla. Pero, entonces aún no era la Soledad que gozamos en sus actuaciones, mientras improvisaba sus diálogos con la audiencia, volvía nuevos antiguos números, hacía de cada show una sorpresa. Era como uno de esos crooners, ese tipo de cantores que van platicando la canción, al que en francés identifican como el diseur, sin una voz potente, pero con un tremendo poder de comunicación.
Paradójicamente, de sus inicios confesaba un notable miedo escénico, y prefería acompañar con el piano a otros, hasta que en cierta ocasión, tocando en una fiesta se le acercó Pedraza Ginori, director de programas televisivos, y tras escucharla cantar, le propuso participar en el Concurso Adolfo Guzmán de 1980. Y la receptividad del público fue inmediata, porque disfrutar de una velada con ella era un deleite. Al siguiente año viajó por primera vez a España, donde compartió tablas con figuras de la talla de Dyango y Alberto Cortés, regresando a Cuba para crear su grupo musical e impulsar su carrera con giras a través de Europa, Asia, África y América Latina. Grabó varios discos, transitando por muy diversos géneros, desde la guaracha, al bolero, de la canción al son, poniéndole su toque peculiar, incluso aportando su faceta de compositora. Volvió a España, sentando base allí hasta su partida definitiva, en octubre de 2007, aunque sus cenizas volvieron a La Habana.
Algo parecida a la trayectoria de Soledad Delgado es la de Alina Torres, que no fue solista desde el comienzo, sino en este caso luego de darse a conocer como compositora de música incidental para puestas en escena teatrales y de televisión, difundiendo sus canciones, boleros y hasta pegados números bailables, por los que fue premiada, tras crear el Trío Da Capo, después cuarteto, así como acompañar al piano en sus últimos años a la gran Burke. Hasta que, finalmente, mostró con amplitud sus dotes para llevar ella misma el control de la descarga, cantando respaldada por las teclas y abarcando un repertorio diverso, en una intensa interacción con su público, muchos asiduos a sus nocturnas presentaciones. Por eso, la Egrem grabó 2003 en vivo el CD Una noche en el Gato Tuerto, donde se incluyeron 16 composiciones, en una suerte de hilación espontánea de lo mejor del feeling, presentes Frank Domínguez, Ela O´Farrill, José Antonio Méndez, sones, guarachas, de todo un poco y con alta calidad, calidez y en el más exquisito estilo de la descarga.
Por cierto, en una síntesis biográfica que me envió hay un interesante comentario de Sigfredo Ariel: “Muchos aseguran que Alina Torres forma parte de una raza en extinción, la de los artistas capaces de enfrentar verdaderamente al público de la alta noche. Cuando actúa la rodea una especie de hechizo, y el público lo siente. Lo sentimos todos. Su magia se extiende sobre la madrugada, con un piano, con una sonrisa, con verdaderos deseos de comunicar emoción”. Ya en 2007 llevó su “Evocando el feeling” al hotel St. John´s, un sitio idóneo para este proyecto, sede durante décadas de los mejores exponentes de esta línea de la cancionística cubana, y tuvo invitadas a figuras como Ela Calvo, Pablo Santamaría, Beatriz Márquez, María Antonieta y otros.
Volviendo a los orígenes, cabe apuntar que Alina es oriunda de Santiago de Cuba, y en respuesta a un cuestionario desde Islas Canarias, donde ha residido a partir de 2008, aunque pasa largas temporadas en La Habana, me explicó que: “mi madre y sus hermanas habían recibido clases de piano y esto era un gran lazo familiar. Desde temprano, al escuchar algún tema musical yo intuía algo que me anunciaba los enlaces armónicos, lógicos, las cantaba sola frente al espejo. Y a la edad de año y medio debuté respaldada por un guitarrista acompañante que tocaba en el Hotel Residencial, donde vivía en Gibara, pueblo del norte de Oriente, en el que mi madre ejercía como maestra hogarista, en tanto mi padre era músico. Yo era la niña de aquel sitio, me cuidaba mi niñera que un día, con asombro, vio que me subí a una silla y le pedí al Pombo, el guitarrista, que tocara el éxito del momento, un bolero trágico, ´El mar y el cielo´. Cuentan que lo hice de arriba abajo y fue un éxito, pero no me lo imagino. Eso se produjo en el restaurant del hotel y las personas, admiradas, se acercaron a elogiarme, en fin, alguien preguntó: ´¿qué quiere tomar esa niña?´ Y dicen que respondí ´una chevecha´, o sea, ¡una cerveza!”
Más adelante continuó Alina narrando que: “las vacaciones las pasábamos en Santiago de Cuba, allí en la casa de los abuelos maternos. Eran tiempos bonitos, siempre nos reuníamos alrededor del piano. Mi tía y mi prima estudiaban piano, la primera tenía sexto año, y aunque mi prima nunca pasó del cuarto era la que más tocaba. Así, crecí bajo esa bella influencia de los clásicos y también los populares. No podía acceder al piano que estaba bajo llave, pero tengo una tía casi contemporánea, cinco años mayor que yo, y esta última que fue mi cómplice. Y Santiago de Cuba, como capital de Oriente en aquel entonces –añadió-, era donde se hacían Oposiciones para maestros, allí acudían los oponentes de provincia. Mi casa fue centro de reunión para las candidatas que se presentaban en la cátedra de piano -era el único que había en manzanas a la redonda-. Y hubo una concursante que marcó mi vida totalmente, en el programa tocó un bolero, con esa fuerza de las pianistas negras, y no es racismo, es una observación que con el tiempo he confirmado. Creo que fue la responsable de que en la mano izquierda me naciera un tambor, término con el cual me bautizó César Portillo de la Luz años después.”
Entre sus composiciones bailables popularizadas destacan, en lugar cimero Qué falta de respeto es esa, El carnicero y Yo no me explico lo que tiene montadas por Juan Formell y Los Van Van, en tanto la orquesta Original de Manzanillo hizo hit con El diapasón, al igual que la Charanga Habanera con El cantinero o Un poco más, así como Tengo que conformarme por el Conjunto Havana Latin Soul. Otros intérpretes de su música han sido Mundito González, Maggie Carles, el Coro Folklórico Cubano, el Octeto Catarsis, Rey Ríos, Rolo Martínez, Alma Rosa, Malena Burke, Raquel Zozaya o Beatriz Márquez. Y entre sus galardones destacan, en 1993 el importante Premio América otorgado por Radio Francia Internacional por su creación Madame Caridad, dedicada a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba; en 1995 el segundo premio del Concurso Habaneras, en La Habana, con su obra Mulata de rumbo, mientras en el Festival Boleros de Oro, de 1996, obtuvo el primer premio con Ese espacio, y en ese mismo año, el evento Habaneras le entregó el Premio del Museo de la Música Cubana y en la edición de 1997 su Leyenda habanera, con versos de la poetisa Olga Navarro, recibió mención en el certamen. Así mismo, en 2008 fue elegida para interpretar el papel de Ollita, en el Gran Musical de Celia Cruz, dirigido por el maestro Jaime Azpilicueta en su estreno en Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, y entre sus múltiples actividades artísticas, que no han cesado en aquella zona dando talleres de música o presentaciones en vivo, al siguiente año Alina abrió un espacio de verano con el nombre de Descarga cubana, en el Café 7, de Tenerife, para viajar a Cuba en 2010 con la producción infantil italocubana Traviesos de la noche, presentada en la Feria del Libro de La Habana, donde en tiempos recientes ha permanecido, actuando de modo ocasional y, también, creando junto con Sigfredo Ariel y un grupo de intérpretes, una ópera vernácula.

De los 50 en adelante, más y más voces femeninas, otro capítulo de CUBA EN VOZ Y CANTO DE MUJER


Tal vez haya más documentación disponible, o sencillamente afloraron innumerables cantantes de diversos géneros, además de haber tantos espacios propicios para mostrar el talento desde la década de los 50 en el siglo pasado. Y sin dudas, entre las más originales, con una personalidad exuberante y un timbre inigualable, que permite identificarla de inmediato al escucharla, estuvo la villaclareña Moraima Secada -María Micaela Secada Ramos, 1930/1984-, quien como tantas debutó con sólo 12 años en la Corte Suprema del Arte, de CMQ, cantando el pasodoble Valencia y alcanzando uno de los principales premios. En una síntesis biográfica bien documentada, la periodista Tania Quintero señala que luego de trasladarse la familia Secada a la capital en 1940, muy joven aún “para sostenerse económicamente, trabaja como planchadora en una tintorería. En 1946 comienza a frecuentar las tertulias en la casa de Jorge Mazón, uno de los iniciadores del feeling, y también en la de Ángel Díaz, en el Callejón de Hammel. Con la Orquesta Anacaona viaja a Haití, Santo Domingo y Venezuela en 1950. (…) El 16 de agosto de 1952 integra el cuarteto las D’Aida, su gran momento de despegue. Cantan en los cabarets Montmartre y La Campana, y en el Club 21, donde conoce a Meme Solís. Esa fue una etapa en que Aida Diestro se encontraba enferma y Meme la sustituye, recuerda La Mora.
“Con las D’Aida viajan a Estados Unidos, Venezuela, México, Argentina, Uruguay, Chile y Puerto Rico. Con la RCA Victor grabaron un LD con la orquesta de Chico O´Farrill, astro del jazz latino de nacionalidad cubana. (…) Al separarse de las D´Aida, Moraima durante un tiempo es acompañada por el grupo santiaguero Los Bravos. Luego integra el Cuarteto de Meme Solís, y posteriormente se hace solista. En 1970 participa en el Festival Internacional de la Canción de Varadero y en el Festival Adolfo Guzmán. En mayo de 1972 realiza su primer recital en el Amadeo Roldán, con la Orquesta Cubana de Música Moderna. A finales de 1979, ella, Elena y Omara viajan a México, invitadas por Jorge Saldaña para trabajar en el programa Nostalgias, donde rememorarían los tiempos del Cuarteto D’Aida. En 1983, Omara, Elena y La Mora vuelven a unirse y en Juntos a la 9, estrenan Amigas, de Alberto Vera. Unos años después, las tres protagonizarían otra memorable ‘descarga’, esta vez en un bar, que si no me equivoco es el del restaurante Monseigneur, en 21 y O, Vedado, donde Bola de Nieve cada noche tocaba el piano y cantaba.”
Más tarde, es sabido el impacto que causó en La Mora la pérdida de su esposo, el compositor y sobrecargo de Cubana de Aviación, Channy Chelacy, el 6 de octubre de 1976 en el siniestro del vuelo de esa compañía, al regreso de Barbados. Recuerdo verla actuar con posterioridad, y su proyección escénica denotaba una perenne tristeza. No obstante, continuó con algunas presentaciones, alentada por Omara y Elena, como en el proyecto Amigas, que para fortuna de quienes disfrutamos de esas sesiones sonoras del más alto nivel, -como una tarde en que nos dedicaron el tema del programa a Daniela Marisela y a mí, lo cual recordamos como un inolvidable honor-, y que las reunía en una sala del Parque Lenin. Así, entre sus números más difundidos destacaron Alivio, de Julio Cobo; Cuidado, de Nacho González; Depende de ti y Se llama tú, de Chany Chelacy; Ese que está allí, de Juan Arrondo o Me encontrarás, de Tania Castellanos, aunque ninguna la definió tanto, al nivel de su éxito más inolvidable, desbordante de su dramatismo expresivo como Perdóname conciencia, de Piloto y Vera, el cual en su memoria grabó en los 90 su sobrino, el exitoso Jon Secada, convirtiéndola de nuevo en un hit internacional.
Del mismo modo, formada desde muy joven en el cuarteto D´Aida, donde entró para sustituir a la Burke hasta pasar como solista en 1963, la contralto Leonora Rega fue otra de las figuras que marcaron una época en la vida nocturna capitalina, transitando con éxito por la mayoría de los cabarets, y brindando algunos recitales memorables, como uno que recuerdan sus admiradores, efectuado en el teatro Amadeo Roldán, en 1976. Su mayor hit lo alcanzó, sin dudas, con Cavaste una tumba, de la compositora Cary del Río, que interpretaba desbordando temperamento y potencia vocal. A pesar de su vida breve, de sólo 47 años, estuvo colmada por la admiración de un público que la seguía con interés, por su personalísimo modo de hacer la música. También, ocupó una posición notoria la villareña Elsa Balmaseda, de quien casi no encontramos información, pero según una nota publicada en la revista “Romances”, por María del Carmen Mestas, la cantante trabajó por años en el Gato Tuerto, La Gruta, el Scherezada y en otros pequeños clubes, y se formó junto con César Portillo de la Luz, convirtiéndose pronto en una de las mejores exponentes del feeling, con su voz considerada dramática y desgarradora, y destacando sus montajes de Realidad y fantasía o Delirio, de Portillo, uno de sus autores más pródigos, que le enseñó el difícil camino del arte, la poesía que hay en la música. Y también, la enseñó a polemizar. Después tuvo otro gran maestro, el pianista Samuel Téllez, con quien actuó en numerosos programas de la radio y la televisión cubana.
Y una intérprete que aún colma teatros en sus ya esporádicas presentaciones, en especial en Estados Unidos o Puerto Rico, es Blanca Rosa Gil, a quien se le apodó en sus inicios “la Muñequita que canta” o “la Cancionera de bolsillo” por esa figura espigada que conserva todavía en la actualidad, al igual que su espléndida voz y su enorme temperamento interpretativo. Matancera, nació en agosto de 1937. Creció entre La Habana y Venezuela, donde a los 15 años la “descubrió” un productor, cantando en una fiesta. Para más datos -según contó ella en una reciente entrevista televisiva-, mientras andaba por la cocina, y la contrató para el espacio infantil Humo y fantasía. De ahí, pasados tres años el empresario cubano de los medios Gaspar Pumarejo -quien, por cierto, llevó la televisión a color a Cuba-, la oyó en un club y le prometió: yo la voy a dar a conocer en su tierra (…) y fui profeta en mi tierra, comentó Blanca Rosa, de quien se dice que debutó en la isla en el club Ali Bar en mayo de 1959, con hits casi inmediatos en victrolas, -en especial, con su versión de Sombras, de R. Sansores y C. Brito, que ocupó pronto el cuarto lugar entre los más populares, y con Besos de fuego, de Discépolo-M. de Jesús, en tiempo de bolero-, con tanto pegue que en 1960 los cronistas de espectáculos la eligieron como la “Revelación del año”, mientras en la selección de los “Valores artísticos” de 1961 se ubicó como la “Mejor cancionera”, con sonados números como Quiero hablar contigo, de Carlos Puebla; Brindar o no brindar, de Rosendo Rosell y Cristal, de M. Mores.
Sin embargo, ese año dejó Cuba para radicarse en México la también denominada “Dueña y señora del bolero”, para luego pasar a Miami y a Puerto Rico, donde se estableció tras casarse en 1971 con el músico puertorriqueño Antonio Figueroa Carrillo. Ya en 1966 había obtenido otro éxito internacional con el bolero Hambre, del mexicano Rosendo Montiel, que permaneció más de 12 meses en los primeros lugares de popularidad, y más tarde se convirtió en una de las principales intérpretes de la obra de su coterránea Concha Valdés Miranda, con piezas románticas como Cariño mío, Eso que dicen de mí, Déjame ser, Orgasmo, Juguete fino, Me queda la experiencia o La mitad. Tras un largo retiro de 18 años de los escenarios comerciales, sólo dedicada a la música evangélica tras su conversión al cristianismo en los 80, desde hace poco tiempo ha regresado con conciertos, con vitalidad y estilo renovados, retomando su amplio repertorio de boleros y canciones, ante sus fieles seguidores de todas las edades. Y algo curioso, cuando recorrimos los puestos de venta de CD en La Habana, -no todos originales, claro está-, siempre encontramos recopilaciones de éxitos de Blanca Rosa, que a pesar de su larga ausencia en el país aún sigue cantando en las casas de sus compatriotas, además de que la Egrem editó en años recientes un álbum con una recopilación de lo mejor de su obra y está incluida en los dos volúmenes de Boleros de victrola, publicado en 2012 por la misma discográfica, con cinco de sus títulos más importantes.
Otro personaje de la farándula habanera en esa etapa fue la villaclareña Doris de la Torre, de quien la también santaclareña Ela O´Farrill, su amiga de la infancia, me contó que: “A Doris la presenté con Numidia -Vaillant, pianista santiaguera excepcional, que se radicó en París a fines de los 50, desarrolló una estelar carrera y donde falleció allí muy anciana-, quien se la llevó para La Habana, pues la oyó y se fascinó. Por otra parte, la hermana de Doris se casó con un amigo común, pues ambos estábamos en los scouts, yo era girl scout, con unos 13 años. Y como siempre buscaba a quienes les gustaba la música, me hablaron de aquella niña, incluso menor, con una voz tremenda. Para mí no era Doris, si no ‘Mani’, sin acento en la i, porque la familia de su hermana por parte de su esposo le había puesto un apodo, ‘Maní’, ya que le gustaban mucho, se la pasaba comiéndolos, pero yo le quité el acento. Entonces, aquel día, en mi casa cuando Numidia se sentó al piano y esa chiquilla empezó a cantar, la dejó con la boca abierta. Y le propuso irse para La Habana, lo cual le encantó, pues de por sí ‘Mani’ era bastante aventurera, nunca estudió nada de manera formal, pero era culta, leía de todo, escribía poesía, inclusive años después hubieran dicho que era ´hippie´, y siempre fuimos muy amigas. No recuerdo qué edad tendría, tal vez era menor de edad, pero muy decidida y arriesgada. Así, ya en la capital, cuando la oyeron los músicos importantes, amigos de la pianista, se fascinaron y, enseguida, inició su carrera artística.”
Se dice que ya en 1953 trabajaba para CMQ, además de cabarets, acompañándose de la guitarra, en tanto se incorporó durante cuatro años a partir de 1954 a Los Armónicos de Felipe Dulzaides, como cantante y a veces vibrafonista. Al respecto ha comentado el musicólogo Leonardo Acosta, que en el casino de Tropicana, o Salón Panorámico: “escuchamos por primera vez a la cantante Doris de la Torre tocando el vibráfono, hecho al parecer intrascendente, pero de importancia para el grupo, que dejaba de ser un cuarteto -o quinteto- vocal-instrumental…” Y añade que ella era la vocalista idónea para los propósitos del director musical por lo abarcador de su repertorio, pues él: “incluía todas las modalidades de la música cubana (…) junto a los clásicos del jazz afrocubano…” Este comentario reafirma la versatilidad de Doris, quien en 1958 lanzó su primer disco como solista titulado Tú dominas, con una novedosa mezcla de composiciones de Frank Domínguez, Piloto y Vera, Marta Valdés y Meme Solís, en un perfil filinesco. Y ya en 1960 se la encuentra como solista ofreciendo un concierto en Tropicana, junto con Los Bucaneros, y con la Orquesta de Rafael Somavilla, y popularizando La renuncia, de Eduardo Davidson. Desde entonces tuvo presencia hasta mediados de esa década en múltiples centros nocturnos con gran aceptación, como en el show Como a usted le gusta, del Cabaret Caribe, con Elena Burke, Frank Domínguez, Enriqueta Almanza o Meme; en las descargas del St. John´s, en el Karachi, en el Night and Day, en el Salón Libertad o el Gato Tuerto, uno de sus sitios habituales en compañía del gran compositor César Portillo de la Luz.
Y como otros artistas se agregó al éxodo, que en este caso, al parecer, no le resultó muy propicio para proseguir su brillante carrera, yendo de España a Estados Unidos, donde algunos comentarios la ubican por algún tiempo en New Jersey, y luego en Miami, pero lamentablemente sufrió un accidente discapacitante, y de acuerdo con datos publicados en Ecured, en algún momento, con discreción regresó a su ciudad natal, donde falleció el nueve de junio de 2003, a los 71 años. Ojalá hubiera dejado con su familia o allegados muestras de sus grabaciones o filmaciones, ya que no abundan en las redes, y que pudiera rescatarse para disfrute de quienes no tuvimos la oportunidad de conocerla o hemos encontrado pocas de sus interpretaciones.
Por otra parte, inmortalizada en canciones, crónicas o en un libro como “Ella cantaba boleros”, de Guillermo Cabrera Infante, donde la nombra de otro modo, pero se sabe dedicado a la camagüeyana “Freddy” –Fredesvinda o Fredelina García Valdés-, esta se convirtió en un mito, del cual mucho se ha contado, poco se dispone en gráfica o música, pero que constituye un emblema de la canción cubana. Muy obesa, con unas 300 libras, o 130 y tantos kilogramos a cuestas, negra, pobre y sin estudios, sirvienta en una residencia, cuentan que la “descubrieron” descargando por puro deseo en las madrugadas de un bar llamado Celeste, en Infanta y Humboldt, en la frontera entre el Vedado y Centro Habana, a pocas calles del malecón capitalino.
Y en la farándula habanera muchos de aquellos amantes de la improvisación sonora, del feeling o el bolero, empezaron a pasarse la voz sobre aquella suerte de fenómeno físico y vocal, que sorprendía, según el amplio anecdotario popular o las reseñas críticas de especialistas, -como las de la respetada cantautora Marta Valdés-, con su potencia de contralto, incansable al entonar muy a su modo infinidad de composiciones, hasta que, literalmente, le daba la gana y se retiraba con la misma dignidad de una gran artista a los quehaceres domésticos.
Nada mejor documentado, por lo vivencial y certero sobre la cancionera, que una serie de artículos publicados en el portal Cubadebate, -que incluimos en la bibliografía de este capítulo-, escritos por Marta Valdés, para conocer más en detalle el proceso mediante el cual de sus actuaciones espontáneas pasó a un rutilante estrellato en los escenarios capitalinos, -electa “Mujer del año 1959” por los columnistas de espectáculos-, para grabar en 1960 su único LD, Noche y día, producido por la marca Puchito, con dirección y arreglos orquestales de Humberto Suárez, y una mezcla de piezas nacionales como Tengo, de Valdés; Vivamos hoy, de Wilfredo Riquelme; Debí llorar, de Piloto y Vera, así como versiones de Cole Porter, George Gershwin, Agustín Lara o Consuelo Velásquez. Y también incluyó una pieza pedida a Ela O´Farrill como presentación para Freddy, quien debutaría en grande en el Cabaret del Hotel Capri, bajo la dirección de Humberto Anido, y que definió a la perfección a esta inmensa señora, la cual poco después salió a México en gira como figura de Tropicana, en un show liderado por el mítico Rodney, para luego culminar en Puerto Rico donde Freddy falleció el 31 de julio de 1961. Y con esa poética exquisita que caracterizó a nuestra inolvidable amiga Ela, así sintetizó su visión de Freddy, en la canción homónina:
Soy una mujer que canta para mitigar las penas, de las horas vividas y perdidas.
Me queda sólo esto, decirle a la noche, todo lo que yo siento cantando canciones,
despierto ilusiones dormidas en mí.
Muchos me vieron caminando a solas bajo las luces, desiertas y azules de mi soledad.
¿Qué fue mi vida desde siempre? Sólo trabajo y miseria.
Por eso cantaba a las estrellas y quizás me oyó hasta Dios.
Soy una mujer que canta para mitigar las penas, no era nada ni nadie y ahora,
dicen que soy una estrella, que me convertí en una de ellas, para brillar en la eterna noche.

Y buscando entre las figuras notorias de los 50 están, sin dudas, las integrantes del dúo de Renée –Barrios- y Nelia –Núñez-, quienes cerraban 1958 con sus filinescas voces en el Hotel St. Johns, compartiendo más tarde con Frank Domínguez y Elena Burke en dicho espacio. Habían iniciado su carrera en el Club Intermezzo, en 1957, luego en el Tropic Ranch y en el piano bar del casino de Tropicana, entre otros centros nocturnos. Y aunque las eligieron como el “dúo vocal más destacado” de 1960, según los cronistas de espectáculos, ese año Renée Barrios, a quien han denominado “La Reina del feeling”, dejó Cuba con un contrato para trabajar en Caracas, y un año más tarde inauguró el Club Caribar del Hotel Caribe Hilton de San Juan, Puerto Rico, donde se estableció y que considera su segunda patria, aunque en la actualidad reside en Miami, y respaldada por sus conocimientos, además, como graduada de piano del Conservatorio de La Habana en su juventud, ha fungido como profesora de canto en el Miami Dade Center.
Entre los numerosos triunfos de Renée es posible citar el haber representado a Puerto Rico en el “Festival de la Voz y la Canción”, en 1973, en Lima, Perú, con el tema Bienaventurados los que aman, del Maestro Cucco Peña, obteniendo varios premios: Mejor canción, Mejor intérprete, Mejor voz y Mejor arreglo, en tanto en 2004 fue seleccionada para ser “la voz” durante el Centenario de Don Plácido Acevedo, presentando el legado musical del compositor en el Convento de los Dominicos, del Viejo San Juan y, con posterioridad, el Instituto de Cultura la contrató para ser “la voz” de las canciones de la autora puertorriqueña Silvia Rexach, obteniendo el Premio Luis A. Ferré, por ser una gran representante de la cultura de esa isla. Entre su discografía se cuenta con Color y sentimiento en la voz de Renée Barrios, de 1962; Curet Alonso presenta el mucho feeling de Renée Barrios, de 1972; Encuentro con Renée Barrios, de 1989, y Bolero Jazz, de 1991, en unión de Felo Bohr. Con el dúo inicial consta que grabaron varias composiciones a finales de los 50 para FAMA en Cuba, donde no se trasmitió más su música, una pérdida, sin dudas, para los aficionados al feeling y al buen canto, aunque por suerte para quienes deseen actualizarse sobre su trayectoria abundan sus actuaciones en Youtube, desde los 70 a bastantes recientes.

Miriam Ramos, 50 años de amor a la música

Con su cabello cano ondulado, elegante y espigada, Miriam conserva esa fina presencia escénica y esa voz tan singular que la destaca dentro del nutrido ámbito de cantantes cubanas. Más de dos décadas atrás la entrevisté para un libro anterior. Deseé hacerlo para este, pero al no localizarla, luego de varios intentos, decidí tomar los fragmentos biográficos del citado material, para contar sus inicios y otras facetas.
Miriam estudiaba en el Instituto de La Habana, finalizando el bachillerato, cuando el director del coro de aficionados al cual pertenecía le comentó sobre la convocatoria abierta por el Polifónico Nacional para engrosar su nómina de cantores. Impulsada por una suerte de curiosidad y de entusiasmo adolescente, sin grandes intenciones de consagrarse al canto coral, se presentó a prueba con la desventaja de incumplir con los requerimientos técnicos exigidos, pues no dominaba ni el solfeo ni la teoría y mucho menos la ejecución del piano.
Transcurría marzo de 1963, y contra los lógicos pronósticos ganó una de las plazas, y por eso abandonó los exámenes para la titulación en el Instituto. Siguiendo con la buena suerte, una tarde, mientras ensayaba el coro, al fondo del teatro Amadeo Roldán escuchó afuera el sonar de una guitarra y unas pailas. Y desde un rincón observó el improvisado ensayo de Froilán Amézaga –entonces guitarrista acompañante de Elena Burke-, y de Guillermo Barreto, quien le proponía la inclusión de armonías en una canción. Miriam la tarareaba bajito, cuando al rato Barreto la descubrió, y sin más le preguntó si conocía el número. Ayúdanos aquí, le dijeron y al escucharla, informados de su participación en el coro, le preguntaron si no le gustaría presentarse en el programa televisivo Noche cubana, lo cual aceptó feliz.
Por esas fechas, además, asistía a menudo como oyente a las clases del Seminario de Música Popular, entre cuyos profesores excepcionales se encontraba Marta Valdés, cuyas composiciones había oído en la radio por Vicentico Valdés, entre otros. Comentó Miriam que preocupada por estrenar algo en el sorpresivo espacio donde la invitaban, abordó en el claustro a la autora. “Había creído eso de que ella era una ´compositora difícil´, término que no comparto en la actualidad. Ella lo dice: ´la música es o no es´. En fin, con la osadía de la juventud, la abordé en el seminario y la interrogué: ¿Usted es Marta Valdés? Tras su afirmación, le digo: ´Mire, soy Miriam Ramos y pronto haré mi primer programa por la televisión, y yo necesito que usted me oiga, para que luego me haga una canción…, pero difícil.” Sobran los comentarios acerca de la perplejidad de la popular creadora ante semejante petición. No obstante, vio Noche cubana y ahí surgió una sólida amistad. A ella Miriam le debe haber adquirido una apreciación abarcadora de la cultura, (…) hasta su notable influjo al enfrentar la composición, o su perenne y favorable presencia en el repertorio de la cancionera.
Con un auge meteórico, ya en marzo de 1964, a instancias de Odilio Urfé, Miriam ofreció su primer recital como solista en la sala teatro de Bellas Artes, respaldada por el piano de Frank Emilio, en una verdadera “prueba de fuego” por tratarse de un escenario tan exigente. Con el transcurso de los años se amplió su popularidad, y su actuación en el Festival de Varadero 67 significó su primera confrontación internacional, lo cual crecería en giras a través de todo el mundo, en competencias o delegaciones culturales. Y en 1975, sin abandonar su línea interpretativa, solicitó el ingreso al Movimiento de la Nueva Trova, ampliando su repertorio con temas de sus más conocidos creadores, como Silvio, Pablo, Noel y otros, contando con el acompañamiento del excelente gutarrista Carlos Luis. También, se abrió más hacia la composición, aunque me explicaba entonces que no era una autora de oficio: “mis canciones surgen como un desbordamiento. Siento unas ganas enormes de hacer una canción, a partir de una angustia rara. He hablado esto con otros autores y les pasa lo mismo. Influye el estado de ánimo, por supuesto. A veces ni conozco las causas. Un buen día cojo la guitarra y nace la canción, todo junto, texto y música. Y la llevo al papel pautado. Evidentemente, mi género es la canción. De las primeras, al revisarlas Marta Valdés, la mayoría tenían una fuerte influencia de la música coral renacentista, nada habitual dentro del marco armónico de la canción. Después me he sentido impresionada por el feeling, en especial con la obra de Marta, con la cual hallo muchos puntos de contacto, que no me molestan. Al contrario. Por eso, el siguiente disco lo hice con sus composiciones”. Y entre sus piezas más conocidas están Ámame como si fuera nueva, Otra vez, la guitarra, Señora, la mar o Canción de lo inevitable.
Su trayectoria en ascenso durante las últimas décadas ha incluido, así mismo, una amplia labor como conductora de radio y televisión, con espacios como No hacen falta alas, dedicado a la música en general y a la literatura universal, y La esquina del jazz, ambos radiales. Y entre sus innumerables éxitos, luego de contar con más de 10 discos de gran calidad, cabe destacar que en 2013 fue merecedora del Gran Premio Cubadisco por la trilogía La canción cubana, de Producciones Colibrí, álbum que agrupa tres etapas del movimiento musical de la isla. El primer volumen se titula De la tradición; el segundo Entre 1948 y 1960, y el tercero Entre 1962 y 2002. Y también obtuvo uno de los Premios de Honor del certamen, por la obra de toda una vida, mientras el tríptico fue reconocido en las categorías de cancionística, trova tradicional y compilación. Por la trilogía, así mismo, Miriam estuvo entre los artistas de la isla nominados al Grammy Latino 2013, con la citada trilogía como Mejor Álbum Tropical Tradicional, además de Border-free, de Chucho Valdés; Vamos pa´ la fiesta, del Septeto Santiaguero, y La Habana tiene su son, del Septeto Nacional Ignacio Piñeiro.

Y más mujeres hicieron bailar…


Y más mujeres hicieron bailar…

En 1929, el compositor Aniceto Díaz estrenaba su primer danzonete, Rompiendo la rutina, con la voz de Arturo Aguiló, en el Casino Español de Matanzas, y ese género musical variante del danzón, al cual incorporaron elementos del son tuvo como principal intérprete a Raimunda Paula Peña Álvarez, es decir, a la cienfueguera Paulina Álvarez, denominada por sus admiradores como la Emperatriz del Danzonete.
Conocedora de solfeo, teoría, piano, guitarra y canto, su espléndida voz triunfó respaldada por algunas de las mejores orquestas a partir de la década del 30, como la de Edelmiro Pérez, Neno González, Cheo Belén Puig, Ernesto Muñoz o los Hermanos Martínez, hasta fundar dos agrupaciones, todas con instrumentistas masculinos, la primera en 1938 y la otra en 1940. Sin embargo, en los 50, en pleno auge de su carrera se retiró hasta 1959 cuando el Maestro Odilio Urfé organizó la Gran Orquesta Típica Nacional, apoyado por Rodrigo Prats y bajo la dirección musical de Gilberto Valdés, convenciendo a Paulina para regresar a los escenarios. En su corta vida, de 53 años, fue de las mujeres con cuya voz bailaron varias generaciones. Grabó en 1964 un excelente LD, identificado con su nombre, respaldada por el maestro Rafael Somavilla, y se recuerda su última actuación ante las cámaras de la TV cubana, en el programa Música y Estrellas, dirigido por Manuel Rifat, el 18 de mayo de 1965, falleciendo dos meses después.
Otra artista capaz de propiciar el deseo de bailar con sus interpretaciones fue la siempre explosiva en las pistas, santiaguera y jacarandosa, Celeste Mendoza, quien advertía a menudo: “Yo soy de donde la tierra tiembla, pero los hombres y las mujeres no. Del barrio de Los Hoyos, de donde salen todas las congas típicas de Santiago.” Sin embargo, adolescente llegó a La Habana dispuesta a abrirse paso en el mundo artístico, y aunque comenzó como bailarina en uno de los clubes más populares de la playa de Marianao, Mi Bohío, ya en 1950 se integró a la compañía Batamú, dirigida por Tomás Borroto, y actuó como bailarina en el Teatro Martí. Y un año después, en 1951 la quinceañera formó parte del cuerpo de bailes de Tropicana bajo la dirección de Rodney, quien al parecer no se molestaba demasiado con las rumbas ocasionales armadas por ella en los camerinos. Y muy pronto, debutó como cantante en la televisión, en Esta noche en CMQ, a cargo de Joaquín M. Condall, momento del cual cuentan que al solicitarle las partituras respondió: “sólo necesito una tumbadora, un bajo y unos bongoes, no hace falta más nada, yo pongo el resto.” Esa noche cantó a dúo con Miguel de Gonzalo, y luego incursionó con varios guaguancós, ese género tan suyo del cual la identificaron como “la Reina”. Y así, aquella mulata gesticulante, espontánea en sus presentaciones, con una dicción clarísima, continuó su ascenso creativo, compartiendo tablas con figuras como Benny Moré, Carlos Embale, Omara Portuondo, Facundo Rivero, Carmen Miranda, Josephine Baker, Blanca Rosa Gil o Fernando Álvarez, así como con la Aragón, Los Papines o Sierra Maestra, dejando grabados una docena de LD, desde 1962, a cargo de Gema, Celeste Mendoza, hasta el titulado La Soberana, de 2001, recopilación de éxitos posterior a su desaparición física en 1998.
También, una guarachera notoria fue la santiaguera Caridad Hierrezuelo, parte de una familia de honda raigambre musical, y la cual durante más de medio siglo cantó con conjuntos y orquestas bailables como la Sonora Matancera, Rumbavana, Los Taínos de Mayarí, los Van Van o Caney, o con los conocidos Ibrahim Ferrer, Eliades Ochoa y Manolito Simonet. Entre los éxitos sonoros de la llamada “Dama del Son” cabe citar Guarapo, pimienta y sal, creación de su hermano Reinaldo o Babalú, de Margarita Lecuona. En sus últimos años patentizó su calibre interpretativo a mayor escala internacional gracias a que, a partir del 2001, el empresario discográfico español Antonio Martínez, radicado en Alemania, la promovió como figura principal del Festival Son de Cuba, en giras por Europa, aunque no tuvo la repercusión merecida a pesar de su comprobado nivel interpretativo en la música bailable cubana.
Multifacética y con una sólida preparación musical, Miriam Bayard ha sido otra de las intérpretes que pusieron a bailar a los cubanos y a no pocos a través del mundo, además de los mexicanos, en cuyo país se estableció a partir de 1992, continuando con su triunfante actividad artística. La conocí mientras integraba el elenco del Teatro Musical de La Habana, en los buenos tiempos de ese colectivo, donde ella destacaba en su dualidad como intérprete y actriz, siempre con un halo de elegancia en su proyección escénica, tanto en las tablas como en sus montajes de bailables. Profesora de enseñanza primaria y francés, así como de piano, solfeo y teoría, trabajó en el Coro Nacional de Cuba hasta que en 1981 se lanzó como cantante solista en el teatro del Museo de Bellas Artes, acompañada de músicos como Cachaíto, Barreto o Aragón, entre otros, incursionando después, de manera exitosa, en festivales, concursos, centros nocturnos, teatros, radio y televisión. Más tarde, se unió al grupo Habana Son, y ahí se situó en los primeros lugares de preferencia en Cuba con su versión de Patacón pisa´o, un número que dio nombre a uno de sus discos, al que siguió otro muy sonero, La mulata caribeña. Luego, hubo varios más promovidos en Estados Unidos, Colombia, Japón, España o México, donde participó en 2005 y 2006 en el exitoso musical Bésame mucho, producido por OCESA, y dirigido por Lorena Maza, y por cuya interpretación del personaje llamado Caridad Arenas recibió el Premio Angélica María por mejor actriz en Obra musical otorgado por la Agrupación de Periodistas Teatrales y el Premio María Conesa a la mejor actriz en comedia musical, dado por la Asociación Mexicana de Críticos de Teatro, AC, Rafael Solana.
Y entre otras cantantes a nombrar en los géneros bailables, además de la indiscutible Celia Cruz, nuestra Reina de la Salsa, a quien nos referiremos con mayor detalle en otro capítulo, además de Albita Rodríguez o Teresa García Caturla, quienes brindaron entrevistas para la sección dedicada a éstas, han descollado la habanera Dominica Verges, quien pasó como vocalista por varias agrupaciones femeninas como la Anacaona, la Ensueño, la Imperio, la Ilusión o las Hermanas Almanza, hasta fundar en 1938 la orquesta Siglo XX como solista vocal, abarcando un amplio repertorio de sones, danzonetes, cha cha chás, congas o bambucos, entre otros. También, Yolanda González, que cantó con el Sexteto Cuba, presentándose en la película sonora cubana, Maracas y bongó, en 1932. Y otra a citar es la villaclareña Linda Leida Álvarez, voz durante más de una década, desde los 60, de la Sonora Matancera, y con posterioridad ya en los 80, en New York se la encontraba con el Conjunto de Javier Vázquez, hasta 1986 que falleció, según notas de entonces “en circunstancias detectivescas, cuando aún era joven y abrigaba varios compromisos en la música”. Así mismo, entre las compositoras de bailables se contó con Oneida Andrade, cuya Quimera fugaz fue montada por Luis Lebrón, Celio González y la Sonora Matancera con Celia, con temas como Así quiero morir, Rey de los cielos o No hay nada mejor.
De igual modo, con la Matancera estuvieron Gloria Díaz y Kary Infante, quien luego integró el Quinteto Dalmar; Nena Brito, con la Orquesta de Alfredo Brito; Miriam Balmori, con las de Roberto Faz y el Niño Rivera; Dulce María Fresnedo, con la Havana Cuban Boys y los Hermanos Palau; Candita Vázquez, con la de Neno González; Nenita Viera e Isabel Castellanos, con la de Enrique Byron; Gisela Labarca, con la Almendra; Haydée, la Cubanita, con el conjunto de Ray Fernández; Gloria Arredondo, con la de Osvaldo Estivill; la manzanillera Toty Lavernia, quien en concurso de la RHC en 1944 obtuvo premio como “estilista del bolero” y que grabó dos números como cantante de la Orquesta Casino de la Playa, con la cual también trabajó Emma Rogers, en Puerto Rico; Nereida Naranjo, quien en su corta, pero provechosa vida artística desde mediados de los 60 hasta su adiós en 2008, desfiló como cantante y bailarina por el Conjunto Folclórico Nacional y el Teatro Musical de La Habana, ganando premios internacionales, además de acompañarla orquestas como la Aragón o los Van Van, o la versátil guarachera del Conjunto Caney, Caridad Cuervo, descubierta siendo una niña por Celia Cruz, que la llevó a cantar con la Sonora y ya a los ocho años hacía comerciales musicales para firmas publicitarias, ganándose el apodo de la “Princesita de lo Afrocubano”. Logró una exitosa carrera en Cuba, llevando su arte a diversas naciones, hasta su deceso en 1998, con sólo 52 años, dejando varios discos para el goce de sus admiradores, desde el primero grabado en 1960, y alguna presencia visual en las redes.
Una novedad en el formato de la orquesta Van Van ha sido la inclusión de la pinareña Yenisel Valdés, desde 2001. Graduada de dirección coral en su Escuela Provincial de Artes, pasó por varias agrupaciones, como Sangre caribeña, los Reyes 73 y NG La Banda, hasta que Formell la invitara a integrarse en su famoso colectivo, como su primera vocalista femenina, y de quien dijo: “puede que sea la última, porque Yeni es única, su voz tiene un registro precioso.”
Y en otras latitudes de igual forma se baila con voces cubanas, como en Holanda, donde la cantante Delia González y el bajista Jesús “Corona” Hernández dirigen el grupo “Delia y su Tumbao”, el cual grabó en 2008 el disco Comunicando, con una docena de sones, cha cha chás y timba, en una mezcla interesante de instrumentistas cubanos y europeos, logrando conservar el ritmo bailable en su justa medida; o Elaine Hernández, habanera ganadora en 2009 del concurso Latin American Idol en Calle 8, y que en 2002 creó su orquesta Elaine y su Cubaney, en Los Angeles, California, con 11 músicos, el cual lidera como cantante y compositora; la salsera Yousy Bárbara Ruíz, que triunfa con su orquesta en Canadá; Idania Álvarez, liderando con su voz el grupo Yo soy el son, o Mireya Coba Cantero, que pone a bailar a los alemanes, en tanto Liudmila Mercerón, originaria de Santiago de Cuba, profesora, intérprete y compositora, en Zaragoza, España, donde reside desde hace más de una década ha participado en múltiples proyectos musicales, así como en teatro, cine y televisión, así como en calidad de bolerista en festivales europeos, además de promover la labor de artistas cubanos como Vicepresidenta de la Asociación Clave y Bongó; la holguinera Yadira Ferrer, que formó el sexteto Bloque 53, en Barcelona, con Lisa-Kaindé y Naomi, las Ibeyi -hijas del percusionista conguero Miguel “Angá”-, Mane Ferret y Lázara Cachao en el piano; y también pueden citarse otras intérpretes que hacen bailar a los europeos en varios países, como Daniela del Pozo, citada como “La primera dama del son”, con sede en Tarragona; Diana Tarín, que impactó a los jurados en el concurso ibérico de “La Voz”, asi como Telva Rojas, Leonor Zayas, Marlén Olano, Mercy Leonard, Rosa Cruz, Mayelin Naranjo, Yamisleydis Martínez Vega o Dors Lavín.

CONTINUANDO CON CAPÍTULOS DE “CUBA EN VOZ Y CANTO DE MUJER”


La Burke, voz del sentimiento

Entrevistar a Elena no fue tarea fácil, no porque fuera poco cordial, sino porque al contrario de su imagen en el escenario, tan extrovertida, incluso compartiendo bromas con el público o con su pianista acompañante, al enfrentarse a un cuestionario sus respuestas eran breves, poco dada a la anécdota detallada, aunque brindara sin reservas sus recuerdos. En el texto publicado en Cubanos en la música comentó que prefería el diálogo breve, y con su manera enfática de comunicarse, junto con una mirada capaz de desarmar al más tozudo, respondía a las protestas de la prensa –a quienes advertía que no le gustaban las entrevistas-, con un simple soy así.., y soltaba su gozosa y peculiar carcajada.
No obstante, en aquella ocasión en su casa del Vedado, Romana Elena Burgues González contó que de adolescente se presentó en tres concursos de aficionados al canto en los cuales resultó descalificada. Pero, no se desalentó y en 1943 la contrataron en la emisora Mil Diez para el espacio de 15 minutos Ensoñación, con la orquesta dirigida por los maestros Adolfo Guzmán y Enrique González Mántici, hasta integrar diversos colectivos vocales. Inclusive, por entonces cantó con Dámaso Pérez Prado como pianista acompañante. Y a mediados de esa década actuó en los shows de los teatros Fausto y Alkázar, y junto a Josephine Baker en el teatro Encanto, así como en Tropicana, viajando a México con Las Mulatas de Fuego, contratada para el Follies Bergére, además de presentarse junto a Tongolele en 1947.
En agosto de 1952 Elena debutaba con el cuarteto D´Aida, que integró hasta 1958, aunque un año antes había participado en la grabación de su primer disco, en la RCA Victor, con la orquesta de Chico O´Farrill, en tanto también en 1957 Guillermo Álvarez Guedes, copropietario del sello Gema, confiando en su talento como solista le produjo Con el calor de mi voz, su primer LD, respaldada por la orquesta de Rafael Somavilla, donde incluyó, entre otros números Libre de pecado, de Adolfo Guzmán; Mil congojas. de Juan Pablo Miranda; Perdido amor, de César Portillo de la Luz; Juguete, de Bobby Capó, así como piezas de María Greever, Mario Ruíz Armengol, Ernesto Duarte, Frank Domínguez y Eligio Valera. Tras el éxito le siguió La Burke canta, con Meme Solís al piano y la guitarra de Pablo Cano con versiones de viejas canciones cubanas como Corazón, de Sánchez de Fuentes o Idilio, de Augusto Tariche, y otras en la línea del feeling como Tú no sospechas, de Marta Valdés, Ni llorar puedo ya, de Ela O’Farrill o Qué infelicidad, de Meme. Y aún hubo una tercera placa para Gema con la orquesta de Eddy Gaytán, con boleros de Piloto y Vera, Pepé Delgado, Marta Valdés, Mario Clavell y otros.
Así, entre sus músicos acompañantes destacaron al piano Orlando de la Rosa, Frank Emilio, Enriqueta Almanza, Frank Domínguez y Alina Torres, así como los guitarristas Froilán Amézaga, Juanito Martínez o Rey Montesinos. Con posterioridad, hasta el 2002 fecha de su fallecimiento con 74 años, se cuentan más de una docena de LD con su voz, de diversas casas discográficas. De éstos destacan Amigas, de 2001, en compañía de Moraima Secada y Omara Portuondo, al igual que otro anterior, de 1988, Elena Burke canta a Marta Valdés, con los pianos de Frank Emilio y Enriqueta Almanza, joyas dignas de coleccionarse.
Y volviendo a las opiniones vertidas por la cantante años atrás, afirmaba que desde siempre escogía la música o la letra que la hacía vibrar. “No temo a nada que venga encerrado en una letra, en una buena música. No me importa si no son estrenos, si ya han sido popularizados u olvidados. Me interesa, sencillamente, cantar lo que me gusta y nada más.”
Dos criterios sobre la intérprete logré recabar en aquella oportunidad, a propósito de la entrevista citada y estos brindaron muchos aspectos esclarecedores sobre sus alcances artísticos. Uno fue de la gran Enriqueta Almanza, quien contó sus experiencias con la cancionera: “Es muy sincera no sólo como intérprete, si no como persona. No es fácil acompañarla. Por eso, me gusta hacerlo. Me estimula. No permite caer en rutinas, aunque se trata de canciones repetidas muchas veces. En un escenario, uno tiene que ´cazarla´, pues nunca proyecta un número igual, ni dos veces. Y no hablo sólo de lo musical, si no de la emoción. Eso sí, no necesita de partituras para recordar el acorde preciso, y si uno se sale, hace un gesto muy gracioso, demasiado suyo para repetirlo, y advierte sobre cualquier cambio. Para mí, potencialmente, es una actriz de la canción.” La otra opinión me la dio Frank Domínguez, quien trabajó con ella en muchos escenarios durante casi una década, fundiendo talentos y simpatías como pocas veces se vio en las tablas cubanas. Decía el compositor: “Tiene un oído armónico natural increíble, y si cambia la melodía, en definitiva la realza con su sentimiento. Pero, si el acompañante varía en algo una nota, con su mirada de saeta, por encima del hombro, es capaz de preguntar en medio de un espectáculo: ´¿Qué pasó?´ No lee música, pero sabe exigir el acorde perfecto. Y ha levantado canciones sin tanto vigor, a partir de su versión (…)”
Otro testimonio de Elena lo encontramos en un documental realizado en Cuba en sus últimos tiempos, donde confirmaba no tener una voz educada, agregando entre risas: “yo soy como Bola de Nieve, mientras más acatarrada tengo la voz me siento mejor. Y añadía: ´a mí no me gusta la voz mía muchas veces (…) Yo quisiera tener otro tipo de voz, quisiera ser como Yma Sumac, que lo mismo puede cantar muy para arriba, que muy para abajo. Ella tiene todas las tesituras. Ojalá… Dime tú, con la locura que yo tengo en mi mente pudiendo hacer… ¡Ojalá! Pero, no, nada más que me dieron la de contralto…”
Y también, a la “Señora Sentimiento”, su “Majestad, la Burke” le dieron la continuidad de su estirpe en su hija Malena, exitosa cantante residente en Miami desde 1995, y en una de los cuatro hijos de esta, llamada Lena, quien siguiendo el legado musical sustituyó su apellido Pérez por el de su abuela materna, y fue “descubierta” como autora y solista por el español Alejando Sanz, estimulándola para grabar en 2005 su álbum Lena, con 12 canciones compuestas por ella, entre esas Tu corazón, montada a dúo con Sanz. Una de las composiciones más sentidas de ese disco es Eterna pasajera, dedicada a su inolvidable abuela, para quien en algunos de sus párrafos exclama con emoción: mirando al cielo espero el milagro de tu voz, mientras me ahogo en el silencio que aterrado busca y pide… busca y pide a un Dios. Me duele verte así… y al no escuchar tu canto descubro que mi llanto te pertenece Elena, eterna pasajera, que el viento se llevó.

Y para bailar, algunas voces

Sin dudas el sincretismo racial y cultural en Cuba propició desde etapas muy tempranas el gusto por el baile, desde los elegantes salones de las clases altas, aún durante la Colonia española, hasta los barracones y cabildos de los esclavos, o en las calles citadinas, en carnavales y festejos rituales, o en los campos, con el espontáneo guateque. Esa pasión por bailar, como describieron muchos viajeros en sus crónicas, está presente en la cotidianidad de la isla en todos los estratos sociales.
En “La música en Cuba” Alejo Carpentier señala que “las primitivas danzas, traídas de la Península adquirían una nueva fisonomía en América, al ponerse en contacto con el negro y el mestizo. Modificadas en el tempo, en los movimientos, enriquecidas por gestos y figuras de origen africano, solían hacer el viaje inverso, regresando al punto de partida con caracteres de novedad. También nacían, en el calor de los puertos, bailes que no eran sino reminiscencias de danzas africanas, desposeídas de su lastre ritual”.
Y en su estupendo libro “Contradanzas y latigazos”, el escritor Reynaldo González advierte que “La música y la danza resultaron elementos catalizadores, al tiempo que recibieron la influencia del contexto”. Añade cómo los bailes de cuna, esenciales en la narración de “Cecilia Valdés”, de Cirilo Villaverde, representaban el crisol del amulatamiento cultural, y eran dados por mujeres (…) y bajo sus tácticas y estrategias había una gestión de conquista, con una música que burlaba los prejuicios y dominaba los gustos, del arrabal portuario al palacio esclavista.
Sin embargo, como citamos al inicio de este capítulo, al margen de las anecdóticas y dudosas Ma´Teodora y su hermana, de mediados del Siglo XVI, hasta pasadas las primeras décadas del Siglo XX los instrumentistas y autores de aquellos bailes eran hombres, y ni decir los cantantes. Así que, salvo la participación femenina, nacional y europea de mujeres en el teatro bufo, con piezas pícaras, propicias para mover el cuerpo a su ritmo, y los escasos datos sobre el Sucu sucu, baile de pareja enlazada popularizado en Pinar del Río, según algunos historiadores por una tal Bruna Castillo a fines del XIX, todo indica que María Teresa Vera grabó rumbas y guarachas desde 1915, por lo que hubo ritmos bailables en su voz de mujer, lo cual además se incrementó tras la fundación en 1926 de su sexteto Occidente. Igualmente hay referencias de una grabación de 1920 de la soprano Blanca Sánchez y orquesta, con el son La rosa oriental, al parecer junto al autor Ramón Espigul.
Un bienio después, se cita la creación en La Habana de la Charanga de Doña Irene, -una viuda con sus cuatro hijas-, la primera orquesta de su tipo con dos violines, una trompeta, pailas y güiro criollo. Ya en 1930, Mercedes Herrera fundaría la Edén Habanero, con seis ejecutantes, con violín, piano, timbal, flauta, güiro y contrabajo, siendo la cantante Mercedes Martínez. Y por ese tiempo Guillermina Foyo creó la Orquesta Ensueño, con Olga Galú, Nuvia Pérez y Maria del Carmen Cabeza como cantantes, agrupación activa por 28 años, ya con diez integrantes, formato de jazz-band y alcance internacional. También, estuvo el Sexteto Gloria Cubana, primero de su tipo en incluir un piano y a cargo de una mujer, alrededor de 1928.
Al siguiente año surgió una de las más connotadas agrupaciones integradas básicamente por mujeres, la Anacaona, debutando en el teatro Payret a inicios de 1932 como septeto sonero, con Concepción Castro como directora, aunque en este caso sí incluía músicos, como Félix Chappottín en la trompeta, y otros tres como instructores en un inicio. Dos años más tarde, respondiendo al éxito de las jazz-band, se ampliaron a diez integrantes, todas mujeres.
Según consta, en su primera etapa, con varias renovaciones hasta 1987, actuaron en 18 países, con 34 giras internacionales, contando con una amplia discografía, para reconfigurarse con nuevas artistas a partir de 1988, a cargo de Georgia Aguirre, vigentes hasta la actualidad. Entre las cantantes que desfilaron desde los inicios por la orquesta destacaron Elia O´Reilly, clave y voz prima; Graciela Pérez, clave y voz prima; Moraima Secada, Omara Portuondo, África Domech, Carmita Campos o Ana María García. En la segunda etapa aparecen en las voces Eva Castillo, Cecilia Ibar, Lucrecia, Bárbara Zamora, Yoanna Álvarez o Yanet Rodríguez. La discografía de esta orquesta se ha ampliado, con una decena de títulos a partir de los 90 y con giras por todo el mundo.
Igualmente, en 1930 surgió la Orquesta Hermanas Mesquida, con Caridad como directora y pianista, y Mercedes como cantante, clarinetista y encargada de la percusión menor. Empezaron ocho en formato de charanga y poco después crecieron con tres miembros más, para ser jazz-band. Por cierto, la fundadora fue la progenitora del prestigioso músico cubano Leo Brouwer. Y como la mayoría de las agrupaciones femeninas fue habitual la presencia de esta en los Aires Libres, como nombraban a los cafés aledaños a los hoteles Dorado, Saratoga, Mississippi y Pasaje, en los anchos portales frente al Capitolio.
Isolina Carrillo formó en 1933 uno de los primeros septetos femeninos, Las Trovadoras del Cayo, y para entrenar a las jóvenes instrumentistas, con el talento que la caracterizó siempre, aprendió a tocar trompeta, güiro, bongó, claves, maracas y contrabajo. Sobre esta labor me explicó en entrevista hecha hace bastante tiempo: “El septeto constituía una sensación. Había otros grupos, como las Anacaonas, la Ensueño o las Indias del Caribe, también de mujeres, y a la gente le resultaba interesante vernos tocando tres, bongoes, contrabajo. Ahí fui trompetista. Busqué alguna y como no la encontré me dije: ´yo misma´, pues soy tozuda y si me propongo algo lo hago, no vacilo ante las dificultades. (…) Hicimos grandes giras por el país animando fiestas, carnavales, y actuábamos en teatros abarrotados.” Al finalizar su recuerdo sobre este tema, Isolina añadió que, en su parecer, ya en la década de los 80 había menos presencia femenina en las orquestas bailables que en aquella época, e incluso por entonces estaba adiestrando a las Anacaonas de la más nueva generación para conservar ese colectivo.
Por supuesto, en esa etapa de auge se crearon más agrupaciones de esa índole, como la Estudiantina Pinareña, en Pinar del Río; la Alegría, la Renovación, o unos septetos de raros nombres, como Caracusey, Casiguaya y Cuanabo, en Las Villas; la Orbe, la Social, las Indias del Caribe, las Hermanas Herrera y las Hermanas Álvarez, en La Habana y las Hermanas Estupiñán, en Madruga, entre otras.
Por otra parte, con el respaldo de orquestas bailables hubo voces como la de Graciela Pérez Gutiérrez, quien en la isla destacó con las Anacaonas, hasta que en 1943 viajó a New York para incorporarse a los AfroCubans, sustituyendo temporalmente a su medio hermano, el también cantante, Francisco Grillo “Machito”, reclutado por el Army, a petición de su cuñado el director musical Mario Bauzá. En esa década era la agrupación de latinos que había logrado mayor prestigio en el ambiente de Broadway, afincados en el gusto de diversos públicos, desde los judíos hasta los negros americanos, en una fusión novedosa de ritmos cubanos con el be-bop y el jazz de vanguardia.
Según información disponible en el portal de la exposición del Instituto Smithsonian “American sabor, latinos en la música popular”, cuando “Machito” volvió del ejército compartió voces con Graciela en una relación de colaboración que duraría más de tres décadas. Advierten en ese texto que “Con “Machito” y Bauzá, Graciela fue reconocida nacionalmente en los Estados Unidos, interpretando para artistas del jazz como Stan Kenton y Dizzy Gillespie. Machito and his AfroCubans fue una de las primeras grandes orquestas que incorporó ritmos latinos en los arreglos de jazz, logrando la aceptación popular para este nuevo estilo del mambo. Graciela Pérez fue, quizás, la primera mujer que infiltró el mundo del jazz latino dominado por hombres. En 1950, “Machito” y Graciela triunfaron en el escenario del famoso Palladium Ballroom junto a otros, como Tito Rodríguez y Tito Puente, tocando para públicos no segregados. Y en 1963, después de grabar numerosos álbumes con Machito and his AfroCubans, ella hizo su debut como solista con Esta es Graciela, y le siguió con Íntimo y sentimental, en 1965. Ambos álbumes tuvieron un notorio éxito comercial. En 1973 Graciela y Bauzá se separaron de “Machito”, formando una nueva gran orquesta que recogería múltiples nominaciones al Premio Grammy a lo largo de los años 70 y 80, hasta la muerte de Bauzá en 1993. Graciela continuó grabando esporádicamente después de su retiro en 1993 y su disco Inolvidable obtuvo una nominación al Grammy en 2005. En 2007 Graciela fue honrada con el Grammy Lifetime Achievement Award, fue reconocida como la “Primera Dama del Jazz Latino” y la “Reina del Jazz Afro-Cubano”.
Con una personalidad extrovertida y risueña, que tiempo atrás le valió la denominación de “La Picaresca”, Graciela brindó una entrevista a estudiantes de música en 2003, que por fortuna quedó grabada y de fácil acceso en la red. En uno de los fragmentos abundó sobre la interpretación y otros temas sonoros. Dijo: “todos los cantantes no pueden cantar de todo, déjame decirte, el que es bolerista, es bolerista, pero no te puede estar cantando guarachas, porque no lo siente y no lo sabe hacer. Y yo me crié en un barrio donde nada más oía rumba, y tengo ya ese sentido y te puedo cantar de todo, pero si tú te crías en un lugar que nunca oigas nada de eso, tú no lo tienes aquí –y señaló al corazón-, tú no puedes… Para cantar, yo lo puedo cantar todo, puedo cantar hasta un tango, eso tenemos los cubanos… Todas ellas empezaron cantando tangos, Celia Cruz, Olga Guillot, tango y americano también, se aprendían canciones en inglés (…) Los boleros son los que llevan s, pero las guarachas y rumbas no tienen que tener eses al final… (…) Y el guaguancó es ´another cuban music, es like a verso´ (…) Ese es el guaguancó, un verso con música, con mano, cajón, no con instrumentos. Y en otra plática, próxima a sus 90 declaró: Yo no canto sólo para cantar. Hay que dar un tiempo de la canción para entender y expresar su letra también. Hoy en día eso no sucede. Además, usted no necesita una gran voz tampoco. Mira a Nat King Cole. Se convirtió en un gran cantante porque expresó sus canciones, no con gritos, sino por cantar como si estuviera teniendo una conversación.”
En verdad, es una lástima que en Cuba, incluso muchos de los aficionados a lo bailable y al jazz, desconozcan la brillante trayectoria de esta cantante, que triunfó compartiendo escenarios a la par de figuras del calibre global de Sarah Vaughan, Ella Fitzgerald, Nat King Cole o Lester Young, y murió a la edad de 94 años en 2010.